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Domingo, 11 Diciembre 2011 18:35

Burbujas

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Burbujas. Puedo ponerme cursi y decir que tus labios me saben igual que los labios que beso en mis sueños. Joaquín Sabina. El corcho saltó por los aires y las burbujas se balancearon por mi cuerpo, por los muebles, por la mesa por las paredes, por la alfombra. Desde Noé no había visto una inundación parecida. Me reía, y Dominik se puso nervioso. Sentía una gran atracción por el champán. Su mezcla dulce crepitaba despacio por todos sus instintos. Aquella tarde compró varias botellas, las puso en la nevera con mucho cariño, las tendió, las acarició y las vigiló para que no se enfriaran demasiado. Había descubierto sus matices a tierra ácida y seca.

-Retira el cierre suavemente –le insistí.

Pero no siguió mi consejo. Disfrutaba como un chiquillo cuando el tapón saltaba y salía disparado como una bala. Las burbujas se escapaban sin control. Mi vaquero era ceñido, de paño negro, y una camisa con botones brillantes le daban el toque festivo. El líquido se columpió tembloroso por el pantalón. Subía y bajaba por las paredes que se ajustaban a mi cuerpo, eufórico como una montaña rusa.

Se acercó silencioso y tímido. Con una mano me cogió por mi hombro y con la otra sostenía una copa corta en forma de tulipán que, colmada de vino espumoso, se cimbreaba en una danza, como queriendo escapar del recipiente. Evocaba escenas de glamour.

-Nunca he sabido la diferencia entre el champán y el cava

Eso me aclaró, mientras controlaba los sobresaltos de aquel agua maravillosa. Era un polaco muy atractivo, alto, con el pelo canoso, con una apariencia plácida y serena. Cerré los ojos y vi la imagen de Michael Douglas en su famosa película Instinto básico. Lancé un suspiro.
Acababa de conocerlo. Yo estaba solo, pasaba unos días en una casa rural. Soy un alma solitaria, sí, me da pánico mencionar esa palabra porque regreso sin querer a las discotecas de mi juventud, cuando tenía miedo de acercarme a las chicas. Miedo a ser rechazado, a no ser el elegido para bailar mientras mis amigos daban vueltas y más vueltas en la pista. Miedo a quedarme de pie contemplando a sus novios acurrucados en sus cabellos, miedo a que las campanadas del reloj del pueblo dieran las doce de la noche y mi chica desapareciera en una carroza tirada por dos caballos blancos.

Las chispitas que me llegaban me hacían reír y los gases me seducían con un poder irresistible. Destilaban igual que un reflujo de aguas escondidas.
Y de pronto pronunció las palabras rituales:

-¡Por nosotros!

Las gotas palpitaban luminosas, pálidas pero sonrientes. Nuestros labios expresaron leves movimientos. Yo los sentía mojados, resbaladizos. El me aseguró que aquellas moléculas de oro eran milagrosas.

-¿Qué quieres decir? –le pregunté.

-¿No sientes algo especial? –añadió.

No sabía qué decirle. Mi cabeza empezó a darme vueltas igual que si me estuviese probando dieciocho veces un mismo sombrero. Volvimos a brindar. Mi presentimiento no me engañaba. Los brotes de luz despuntaban, como adolescentes a los que no se les deja madurar. La bebida se convirtió en nuestro fetiche.

Mi mujer acababa de tener un hijo. Necesitaba aprender a vivir con él pero pudo más la lucha de mis deseos íntimos. La familia, los amigos, mi bebé y la algarabía me desbordaron. Me aconsejaron un psicólogo, una terapia de grupo. Me convertí en una isla rodeada de olas en continua expansión. Preparé mi equipaje y me escapé. Me costó tomar la decisión de dejarlo, de desprenderme de un miembro importante de mi existencia, lo veía como una amputación. Entonces conocí a Dominik.

Prosperaba nuestra fantasía y el burbujeo empezó a reinar, nos envolvía en emociones casi desenfrenadas. Después de saborear varios tragos me exalté igual que el mar cuando tiene la luna sobre sus aguas. Me elevaba, gastaba el control, perdía una parte de mi peso.

La chimenea de mi dormitorio funcionaba mal. El humo estaba reacio a emprender su viaje definitivo. Parecía un desfile de espíritus. Me acordé de las películas de Disney. Hubiese dicho que las llamas eran personas de carne y hueso que bullían y se solazaban en el fuego. Aquello parecía no tener arreglo. Llamé a Dominik. Era el encargado de la casa, hizo todo lo posible por solucionar el problema. Entró a lavarse las manos, desde fuera escuché el murmullo que producía el chorro del agua abierto. Aquel ruido me trasladó a mi infancia en el pueblo. Oí el mismo sonido de cuando Manuel y yo nos bañábamos en el estanque de su tío. El sol se reflejaba en el recipiente, cegaba mis ojos, nos tropezábamos, encogía el cuerpo, tomaba buches de agua; estaba tibia, jugábamos a chingarnos, a separar las piernas, a rozarnos los muslos, a mostrar el sexo entre los vellos desgreñados, magnéticos. Debajo del charco se sacudían imágenes abultadas en blanco y negro, manoseos, tacto afelpado. Se adivinaban nuestros genitales y un semen turbio. Éramos unos chiquillos.
En ese momento fue cuando lo dijo:

-Tengo debilidad por el champán y quiero que tú lo pruebes.

Poco a poco notaba una violenta agitación agradable, aprecié la esencia del néctar. Me dejé arrastrar por aquella corriente, me asomé a la vida. El me observaba en silencio. Oíamos los crujidos del hogar encendido. Su seducción tan fuerte, me inmovilizó. La verdad es que deseaba correr hacia él. Sus ojos verdes y su sonrisa de cálida acogida penetraron en mí y, sin pensármelo, obedecí una señal misteriosa. Me lancé a la aventura de emprender un corto camino, un camino de una noche. Tomé aliento y con disimulo busqué los preservativos. Por mi cumpleaños me habían regalado varios de diferentes sabores y colores. Tenía un poco de vergüenza pero ansiaba poseer a Dominik.

Jugamos con las pompas del alcohol, con la calidez de aquel cuerpo luminoso. La energía crecía; embriagado de placer acerqué mis labios a los suyos, sentí el anhelo de besarlo, él abrió su boca sedienta y nos enredamos en los jugos de la fruta madura. Esperaba que tomase la iniciativa. Lo noté ansioso, desorientado, de pronto, se despidió. Los hombres casados no son hombres para las noches. Mi vista se quedó clavada en la puerta abierta por la cual había salido. Se me escapaba una oportunidad entre los dedos. Sin recapacitar, le agarré de la mano y le dije:

-No te vayas. Quédate conmigo.

Me miró con recelo pero obedeció. Al verlo vacilar pensé que estas situaciones se contradicen totalmente con los viejos estereotipos de Hollywood, en los que el hombre se lanzaba con toda pasión a la lucha amorosa sin dar un paso atrás ni para coger impulso. Sin embargo la verdad del sexo en la vida real se parece más a las películas de Woody Allen que a las de Cary Grant.

Yo estaba pasando por una sucesión de errores, de dudas, de sueños perdidos, pero se me antojó esconderme en sus recovecos, refugiarme en su pecho. Quería alcanzar el estado de gracia. Aquel porcentaje de uva chardonnay aportaba frescura, se sumergía por mi garganta, se zambullía en busca de mi excitación. Necesitaba amar y estaba dispuesto a retenerlo como fuera, a hablarle de Dom Perignon, de la capital del champán, del rey Clodoveo bautizado hace más de 1500 años en la catedral de Reims, de su gótico y hasta de las vidrieras azules de Chagall.

Tomé la palma de su mano y la dejé deslizarse por mi camisa, la coloqué sobre mis piernas. Tropezó con mi slip, notó esa resbaladiza sensación que se iba dilatando. Su ritmo era lento, pausado. Un placer desconocido para ambos nos dominó. No se asustó, de sobra sabía que ésa era la forma en que ocurren las cosas. Me escondí entre sus brazos, en su ardor. Lo noté dentro de mí. Relajado y con los ojos cerrados para disfrutar, se sobrepuso al instinto de resguardarse. Me sumergí en un ensueño. Imaginé el infinito. Nunca había sentido las caricias de un hombre.

-Todo va bien –le dije en tono cariñoso.

El lirismo de la doble fermentación de la uva fue irresistible. Cataba más sorbos y los retenía entre mi lengua, notaba el toque cítrico final entre mis encías, entre mis dientes. Pensé en su tiempo de gestación en silencio. Escuchaba sus susurros, no podía oír bien lo que me decía porque los latidos de mi corazón apagaban su voz. Yo llevaba casado tres años y estaba enamorado de Julieta, pero aquella noche ansiaba otra cosa. Me convertí en un ser imprevisible. Nos abrazamos, nos besamos, nos volvimos a fundir con mucha fuerza, como si hubiese terminado una guerra. Deseaba derramar todos mis flujos, escuchar el silencio tras los espasmos musculares, dejar de ser extraño a mí mismo y a los demás. Rebuscar en las pasiones. Aquella noche lo conseguí.

Entrar en nuestro placer supuso atravesar la penumbra de mi soledad, deambular por los techos y ventanas de la habitación, elevarme sobre las copas de los árboles que nos rodeaban, observar la lluvia suspendida en las hojas de los bosques, girar a través de las estrellas, anidarme en sus ojos, en su piel, en su masculinidad. Sucumbir en el corazón humano.

Sentí sed y las burbujas se balancearon por mi cuerpo.

Relato entresacado de mi libro “Del amor y las pasiones”
www.rosariovalcarcel.com

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